1.1. Antecedentes
Debo dar algunos datos personales referidos a mi dedicación a la IE. Por los años cincuenta pertenecía yo a la Compañía de Jesús (hasta 1976). Después de mis estudios ordinarios en esa orden religiosa pude estudiar mi doctorado en Ciencias de la Educación en Alemania. Desde entonces tenía yo muy claro mi propósito de dedicarme a investigar el desarrollo educativo de México y las políticas que lo normaban, con el fin de mejorar la calidad educativa. A mi regreso, en 1963, fundé el Centro de Estudios Educativos, A.C., institución privada que dirigí por 9 años. He seguido siempre en contacto con la IE, promovido varias instituciones y – también– he sido crítico externo desde la prensa, primero en Excélsior y después en Proceso, de 1964 a 2000. Asimismo, como explicaré después, he puesto un pie en el sector público. Ésa ha sido mi experiencia.
En los años sesenta no había prácticamente antecedentes de IE en el país, ni mucho menos instituciones independientes. Tampoco había opiniones en la prensa que criticaran el desarrollo educativo del país. Predominaba un triunfalismo incuestionado que exaltaba los logros de los gobiernos posrevolucionarios en todos los campos.
El desarrollo del Centro de Estudios Educativos encontró diversos obstáculos: falta de un ambiente de investigación y de interlocución académica en el campo de la educación; falta de investigadores formados; falta de recursos económicos; ambiente de suspicacia y hostilidad en el gobierno; y numerosas dificultades para conseguir la información elemental sobre el desarrollo educativo de que disponía la Secretaría de Educación Pública (SEP).
Además, mis colaboraciones en la prensa durante más de 40 años me hicieron asumir un rol de crítico externo desde el principio; fueron más de 700 artículos.
1.2 Mis interacciones con los secretarios de Educación Pública
El libro en prensa que he mencionado reconstruye y analiza mis interacciones con los secretarios de Educación. Fueron (de 1963 a 2006, en que cierro el período) 13 secretarios: Jaime Torres Bodet, Agustín Yáñez, Víctor Bravo Ahuja, Porfirio Muñoz Ledo, Fernando Solana, Jesús Reyes Heroles, Miguel González Avelar, Manuel Bartlett, Ernesto Zedillo, Fernando Solana (que repitió en este puesto), José Ángel Pescador, Fausto Alzati, Miguel Limón Rojas y Reyes Tamez Guerra.
Mis relaciones con ellos fueron diversas. Con cuatro nula o prácticamente nula: Torres Bodet, Yáñez, González Avelar, Alzati. Con otros cuatro, crítico externo: Bravo Ahuja, Muñoz Ledo, Reyes Heroles y Bartlett. Con dos, asesor de hecho, informalmente: Zedillo y Tamez. Y con tres, asesor formal: Solana (dos veces), Pescador y Limón.
El eje de mi análisis de la relación con ellos es la relación del “conocimiento especializado” que yo aportaba como investigador con la toma de decisiones políticas. Para ello, destaco tres funciones que desempeñé: la de crítico, la de asesor no formal y la de asesor formal.
1.3 Tres lógicas distintas
Para realizar este análisis conviene tomar conciencia de que existen tres “lógicas” distintas que intervienen en la relación: la del funcionario, la del asesor y la del periodista.
La lógica del funcionario. El funcionario de alto nivel, o político, tiene una mente pragmática. Tiene un ethos específico: valora prioritariamente la eficacia de sus acciones; sabe que se le va a juzgar por los resultados que obtenga y, por tanto, pondera las aportaciones de su asesor por cuanto contribuyan al logro de resultados. Por otra parte, el funcionario está sujeto a muchas restricciones que actúan como camisa de fuerza sobre sus decisiones; está habituado a distinguir lo que quisiera hacer de lo que realistamente puede hacer.
Además, se mueve en las coordenadas propias de la vida política cotidiana, en un ambiente de suspicacias, rumores no confirmados y situaciones frecuentemente delicadas, pues en ellas se juega su carrera. Esta es su “lógica”, su forma mental; la lógica del poder.
La lógica del asesor. El asesor suele ser un intelectual. Me refiero a asesores en serio, personas que saben de un tema útil para el funcionario, no a personas nombradas como asesores que desempeñan funciones muy distintas: de imagen, de comunicación, de marketing electoral o simples confidentes y amigos del político. Si un académico acepta ser asesor puede perseguir los propósitos siguientes: influir en las decisiones del político (en nuestro caso, para mejorar la educación), enriquecer su visión de los problemas, tener la oportunidad de aplicar sus conocimientos y, a veces, también ampliar sus relaciones en el ámbito político y mejorar su currículo. Todo ello es legítimo.
En mi opinión, la relación entre asesor y político tiene que basarse en una credibilidad recíproca, en una confianza, y en que el asesor se sienta que forma parte del proyecto del funcionario y sintoniza con sus líneas y orientaciones en lo sustantivo.
Estas diferencias en las “lógicas” y en los habitus profesionales del político y del asesor pueden resultar benéficas si ambos las comprenden y aceptan, pero también pueden dar lugar a rupturas y desavenencias.
La lógica del periodista como “crítico externo”. También quien escribe en la prensa como periodista editorial o como reportero tiene su propia lógica. Está excluido del poder formal, pero aspira a tener impacto sobre éste y a ser tomado en cuenta. Esto lo lleva a seleccionar sus temas y enfocar sus textos buscando el mayor impacto en los lectores. En el caso del reportero, su ambición es “llegar a la primera plana”, para lo cual selecciona las aristas más espectaculares de la noticia. No le interesa “formar opinión pública” exponiendo los pros y contras de una posición y mostrando la complejidad del asunto, sino llamar la atención, revelar lo oculto, descubrir alguna complicidad escandalosa. Su agenda personal es hacer carrera dentro del diario y lograr que se le reconozcan sus triunfos.
El oficio del periodista de opinión o editorialista tiene reglas un poco diferentes, pero la mecánica psicológica que hay detrás es la misma en lo sustancial: también él busca notoriedad, ser tomado en cuenta, impactar; si no, no escribiría. Aunque dice que quiere “formar opinión”, rara vez expondrá los diversos puntos de vista del asunto tratado; más bien sustentará una posición entre las varias posibles.
Es importante tomar conciencia de estas tres “lógicas” para comprender cómo actúan los actores en la relación que nos ocupa. En mi libro detallo cómo entendía yo mi papel de asesor, es decir, de representar al “conocimiento especializado” de la IE, y cómo se comportaba el funcionario. Y, por otro lado, también cómo entendía yo mi papel de crítico externo desde la prensa. Desde entonces reconocía yo que estaba sujeto a esa mecánica psicológica propia del periodista: el deseo de ser tomado en cuenta. Aunque no ambicionaba yo ningún puesto político, sí medía yo el éxito de mis artículos por su impacto en la opinión o en las decisiones gubernamentales. Era parte de mi realización profesional, y la consideraba entonces –y también ahora- natural.
1.4 Principales enseñanzas de mi experiencia como asesor
La reflexión sobre mis experiencias personales al interactuar con los secretarios de Educación me lleva a destacar algunas conclusiones, a las que me voy a referir brevemente.
La lógica académica y la lógica política. Experimenté el contraste entre estas dos formas mentales que he mencionado: la del pensamiento académico que me era propio y la del pensamiento político que priva necesariamente en una secretaría de Estado.
Tuve que aprender, en consecuencia, a exponer las conclusiones de la IE sobre algún asunto usando un lenguaje inteligible para los funcionarios, que respetara en lo sustancial los hallazgos de la investigación; pero que pudiera ser comprendido y valorado desde la óptica de la práctica. (La mayor parte de los funcionarios con quienes traté estaban por su formación anterior, suficientemente familiarizados con el lenguaje académico y comprendían las consecuencias prácticas de las investigaciones, con sus limitaciones y matices).
Por otra parte, creo haber aprendido mucho del pensamiento de los políticos: aprendí a revisar aquellos de mis conocimientos teóricos que pueden ser relevantes para la práctica, desde la perspectiva de su aplicabilidad, o sea con un enfoque realista que no tenemos generalmente los investigadores.
Comprensión de la complejidad de los problemas. Una segunda enseñanza fue comprender la complejidad de los problemas como se dan en la práctica y, consecuentemente, aceptar que los agentes de decisión tienen límites bastante más estrechos que los que solemos ver los investigadores. Los investigadores solemos proponer nuestras soluciones desde un ámbito de verdades abstractas, sin ponderar los obstáculos que conlleva su implementación. Damos por supuesto que lo que demuestran nuestros estudios debe ser implementado, sin más.
El político, en cambio, no puede hacer todo lo que desea. Tiene muchas restricciones. Menciono cinco clases de éstas: las de índole política, pues está sujeto a la voluntad de su superior y a la evaluación que éste hace de su desempeño; las de los “poderes fácticos”, como el Sindicato de Maestros, los gobiernos estatales (en el caso del gobierno federal), los medios de comunicación, los grupos de presión empresariales, eclesiásticos, etcétera; en tercer lugar, las restricciones de carácter financiero, pues dispone de muy escasos recursos económicos para apoyar reformas o innovaciones; en cuarto lugar, las restricciones terribles de tiempo, ante el inexorable reloj sexenal; y por último, las limitaciones humanas de su equipo de colaboradores. Recuerdo la afirmación de uno de los secretarios al explicarme que prefería no intentar una solución que suponía una fricción con el Sindicato: “Es una batalla difícil y de alto costo, prefiero no desgastarme en esto para poder seguir avanzando en otros frentes”. De juicios prudenciales como éste, están llenos los días de un secretario.
Como asesor aprendí, creo, a ver desde dentro los asuntos que yo había estudiado desde afuera, y a apreciarlos también en su perspectiva histórica, pues muchas soluciones que proponemos los investigadores tienen detrás de sí una larga historia de prueba y error que no solemos considerar los investigadores. Yo aconsejaría a los investigadores ver el revés de la trama de las soluciones que recomiendan, o sea la historia política de los intentos que las antecedieron, y las causas que influyeron en su fracaso o éxito.
Mi visión de la política educativa. Otra enseñanza de mi desempeño como asesor fue la de enriquecer mi visión de la política educativa, y esto tuvo varias vertientes. Primero, comprendí que quien hace la política educativa no es el Estado como único actor (el Poder Ejecutivo) –como pensaba yo hace 30 o 40 años–, sino que es hecha por una multiplicidad de actores, sobre todo ahora, después del proceso de descentralización de la educación y en la transición en que nos encontramos hacia un régimen más democrático.
Otra vertiente del cambio, en mi visión de la política educativa, es la valoración de lo “micro”. Entiendo por esto: la interacción del maestro con sus alumnos, el clima del aula, los métodos de enseñanza, la capacidad y el hábito de lectura de los maestros, el apoyo de los padres de familia a las tareas escolares, etcétera. Todo ello lo revaloro hoy como muy importante. Y me reprocho no haber visitado, como investigador, más escuelas y platicado con más maestros; sólo así se puede uno acercar a la realidad, máxime en un país tan diverso.
Por lo mismo también revaloro hoy las innovaciones en pequeña escala y la introducción de las “buenas prácticas”, en procesos de reforma educativa que se basan en el convencimiento boca a boca de maestros por maestros, ésas son las reformas que perduran. Desconfío mucho de las reformas pedagógicas concebidas desde el escritorio y a nivel nacional.
Las mediaciones humanas. Lo anterior se liga con otra convicción fundamental que me dejó mi experiencia de asesor: la importancia decisiva de las mediaciones humanas. Las decisiones que puede tomar un secretario para transformar la práctica educativa tienen que ser comprendidas y asimiladas por muchas personas para ser eficaces.
Recuerdo una frase de Fernando Solana al término de su gestión en la SEP: “Reconozcámoslo: no educamos; sólo escolarizamos”. Frase, por cierto, que leí casi a la letra hace pocas semanas, en una carta pública que dirigió el presidente de Francia, Nicolás Sarcozy a los maestros y padres de familia.
La educación es esencialmente un asunto de calidades humanas, el Estado, esa entidad aparentemente tan poderosa, es en realidad impotente para educar, sólo crea condiciones favorables; quienes educan son siempre personas, independientemente de quién les pague su salario. Personas humanas con virtudes y defectos, entusiasmos, motivaciones, lealtades, resistencias, prejuicios, vanidades y ruindades.
Los secretarios de Educación pueden tomar sus decisiones, pero éstas serán mediadas por muchos funcionarios: burócratas altos, medios y bajos, supervisores, directores y maestros. Unos maestros las aceptarán, otros no. Por algo muchos maestros suelen decir: “las autoridades pasan; nosotros permanecemos”, frase que hay que tener en cuenta al promover cambios en el sistema educativo.
Acercamiento a la realidad cotidiana. Como asesor, también pude acercarme un poco a la operación cotidiana del sistema escolar. Lo suficiente para comprender –como lo creo ahora– que lo más importante que puede hacer un secretario de Educación –y lo que quedará cuando deje la SEP– es lo que haga por mejorar el desempeño de los maestros de aula.
Las nuevas construcciones poco contribuirán al mejoramiento de la educación, las innovaciones en los planes y programas curriculares pasarán, las instituciones que cree envejecerán y probablemente se desvirtuarán. Lo que cuenta para la calidad de la educación es el sentido de vocación de cada maestro, su entusiasmo por educar, su fe en que lo que hace tiene sentido, su amor a sus alumnos. Es el efecto acumulado de estas cosas intangibles lo que va formando una “tradición pedagógica”, indispensable para que en un país haya una “buena educación”. Esa tradición será lo que quede. Los países que cuentan con ella la dan por supuesta; los que aún carecemos de ella, no la valoramos.
La importancia de las coyunturas. Una enseñanza más: aprendí como asesor que las intervenciones más exitosas de mis asesorías fueron aquéllas en que se dio una coyuntura favorable. Un secretario puede estar convencido de la bondad de una propuesta, pero no podrá ponerla en práctica sino hasta el momento en que se presente una coyuntura favorable.
Seguir siendo independiente. Finalmente, compruebo ahora que otro aprendizaje que hice como asesor fue el de seguir siendo independiente. Contribuyó a esto la calidad humana de los secretarios con quienes colaboré y, sin duda también, mi carácter y mi formación, así como mi propósito de nunca aspirar a un puesto público. Creo que todo asesor debe estar alerta para no convertirse en funcionario, sea por conveniencia personal o por simple inercia, sino mantener su independencia de persona y de académico. Y esto dependerá sólo de él. (Esto no implica crítica a los investigadores que deciden ser funcionarios, al menos por un tiempo).
Éstas son las principales enseñanzas que aprendí como investigador metido a asesor de algunos secretarios de Educación.