Revista Electrónica de Investigación Educativa


Vol. 5, Núm. 1, 2003

La relación pedagógica, eje para
transformar la docencia

Porfirio Morán Oviedo
pmoviedo@servidor.unam.mx

Centro de Estudios sobre la Universidad
Universidad Nacional Autónoma de México

Edificio de la Unidad Bibliográfica
Centro Cultural Universitario
Delegación Coyoacán, 04510
México, D.F., México
 

Obra reseñada:
Barba Martín, Leticia (2003). Pedagogía y relación educativa.
México: Centro de Estudios sobre la Universidad, UNAM-Plaza y Valdés, 173 pp.

La relación educativa pocas veces ha sido abordada desde varios ángulos al mismo tiempo. Este tema, motivo de numerosos análisis y reflexiones en el ámbito académico, ha generado preguntas y respuestas cada vez más apremiantes. A partir de este planteamiento, la autora realiza un acucioso análisis filosófico, antropológico y pedagógico del proceso enseñanza-aprendizaje, que se ha gestado y establecido históricamente.

La tesis de la autora es que la relación de dependencia en el proceso enseñanza-aprendizaje es nociva para el acto educativo; pero puede ser sustituida por actitudes de ayuda, incluso más allá, por relaciones amorosas en el ámbito pedagógico, mediante un cambio de paradigma.

El plano de la construcción teórica, que constituye el verdadero aporte del libro, inicia con la recuperación de las pedagogías que fundamentan una relación de ayuda que, a su vez, se convierte en etapa previa indispensable para llegar a la construcción de una pedagogía de la cordialidad y del amor.

La relación de ayuda, descansa en una concepción específica de alumno y profesor. En esta perspectiva, el alumno es considerado un sujeto constructor de su propio conocimiento y aprendizaje, por lo cual es necesario fomentarle un ambiente de libertad y autonomía que propicie su participación activa y continua en el proceso de enseñanza-aprendizaje. El profesor, por su parte, es concebido como un profesional de la educación que interviene en este proceso de manera consciente y responsable; esté dotado de una formación específica, elige el momento adecuado y oportuno para relajar y ceder, en algunos casos, y norma su intervención pedagógica.

Para la autora, la relación de ayuda es compleja pero su análisis se apoya en tradiciones pedagógicas, cuyas raíces desde Rousseau se expanden hasta desarrollos educativos más recientes: la escuela nueva, las escuelas de Hamburgo y Summerhill, la pedagogía autogestiva institucional encabezada por Lapassade y Lobrot, la pedagogía antiautoritaria, e incluso la propuesta de desescolarización de Illich. Se trata de tradiciones que tienen sus fundamentos en escuelas filosóficas tan diversas como el propio naturalismo rousseauniano, el existencialismo, el pragmatismo y la filosofía de Marcuse.

Estas filosofías han dado pie a la formación de un concepto de ayuda diferente que ha sido recuperado por los enfoques constructivos, en especial por el sociohistórico de Vygotski que postula la influencia de los otros (incluido el maestro) como necesaria y relevante para la construcción de los conocimientos. Esta influencia, por supuesto, descansa en el diálogo, la comunicación y la cooperación; es decir, el lenguaje (comunicación) y la acción compartida son claves en la relación de ayuda regulada que, por cierto, debe ser siempre provisional.

A pesar de que la pedagogía de la ayuda contempla varias fuentes de referencia, aún es una visión limitada. Por ello, la Dra. Barba propone una que la sobrepasa en todos los sentidos: la pedagogía del amor o cordial. Dicha propuesta parte de una visión crítica de la pedagogía de la ayuda en tres sentidos fundamentales:

En primer lugar, sostiene, la pedagogía de la ayuda no tiene claridad acerca de la articulación entre los procesos educativos y los planos social y político porque carece de una concepción de hombre que sea total y, por tanto, constituye una teoría deshumanizada y deshumanizadora. En esta lógica se encuentra, por ejemplo, la reducción del hombre a su inteligencia; la confianza absoluta en el intelecto dicta una educación preponderantemente memorística. O bien, la comprensión del hombre-voluntad que tiene poder de acción y a quien corresponde una educación de la acción sin reflexión (sin valores intelectuales y desprovisto de sentido social). O aun, el hombre-individuo: un ser humano singular, cuya educación tiene que desconocer su dimensión y naturaleza sociales, o el hombre-ciudadano (en una perspectiva reducida de ciudadanía), a quien corresponde una educación al servicio del Estado.

La segunda crítica, destaca la autora, es por el desconocimiento de la dimensión humana que va mucho más allá de la pura experiencia. Finalmente, la tercera crítica refiere a la falta de definición de qué significa educar; desatiende el lugar del amor no sólo como una consecuencia de este proceso, sino como un principio fundamental que le dé forma.

En este interesante y sugerente trazo teórico, la autora plantea que el amor debe ser considerado una actitud radical del ser humano y, por tanto, inherente a toda pedagogía. Mientras el hombre sea visto como un ser parcial y unidimensional, esto no sucederá, advierte, y en tono reflexivo recuerda que ya se han producido escapes a estas visiones segmentadas del hombre, como la del positivismo, y han salido en su reivindicación pedagogías renovadas encabezadas por Buber, Freire y Mounier.

Buber, destaca una filosofía dialogal entre el yo y el tú, en el que ambos se encuentran; en este encuentro, el amor se convierte en la responsabilidad del uno con el otro. Freire, por su parte, destaca el personalismo histórico del hombre que se ve como un ser de relaciones, un ser consciente (porque reflexiona y actúa), de elección, praxis, comunicación y un ser que tiende a trascender lo humano y lo teológico. Mounier, finalmente, destaca el personalismo comunitarista; la comunidad constituye el medio donde aprende y se construye la persona, porque ésta es una realidad inacabada, un proceso, y por tanto la educación debe ser hermenéutica. En el personalismo, subraya la autora, hay relaciones sociales e interpersonales, en las cuales, cada uno debe comportarse como persona y tratar a los demás como sus pares, para lo cual se necesita una actitud amorosa. Desde esta visión, las relaciones deben basarse en la comunicación, en la correspondencia e interdependencia; en el encuentro y el diálogo.

Al hablar de amor en la relación educativa, la autora se respalda en dos nociones clásicas: Eros y Charitas. La noción de Eros es retomada en el marco del lugar que el discurso platónico le otorga en la promoción del conocimiento; en la aspiración a lo superior, a la escalada de los peldaños que llevan al encuentro de la belleza suprema. Charitas, por su parte, como la concepción cristiana de San Agustín, entiende al amor como aquéllo que dignifica la vida. Todo lo que existe merece amor, y la educación no es una excepción.

Tomada una posición, la conciencia del ser humano se dirige a una búsqueda de la plenitud amorosa consiguiendo con ello una ilusión, felicidad, vida interior plena y, en consecuencia, capacidad de mostrarse y compartirse con los otros.

Cuando el amor se establece y se construye en las personas, insiste la autora posesionada de su papel en la trama del libro, puede existir la actitud cordial o amorosa en la relación educativa, por lo que puede convertirse en una situación vital cuya correspondencia permite reconocer el ser-mejor del sujeto; humana porque se da entre personas; interpersonal porque conduce al compromiso mutuo, entre uno mismo y el otro; comunitaria porque se fortalece como una verdadera comunidad donde el yo queda superado y se constituye en un nosotros y, con ello, una actitud cordial o amorosa donde el amor es mutuo y exige reciprocidad.

Al estudio teórico-reflexivo la autora agrega una experiencia empírica que indaga rigurosamente estas relaciones educativas dependientes vividas al interior de dos aulas escolares (de primero y segundo grados) de dos diferentes escuelas públicas de primaria del Distrito Federal, en las que se aplicó un programa innovador para la enseñanza y el aprendizaje de la lengua escrita en su etapa de adquisición. Al respecto, la investigación comprobó que para lograr una transformación en las relaciones educativas es necesario contemplar muchas otras condiciones culturales y pedagógicas; destacan las formas de autoconcebirse del profesor y del alumno y la visión de los padres de familia, las autoridades educativas y la comunidad en general sobre lo que significa la educación y la enseñanza.

Con lo rescatado brevemente hasta aquí, esta incisiva investigadora, caracteriza una actitud cordial en la relación educativa con una serie de consecuencias relacionadas con la nueva forma de contemplar las relaciones personales en la educación: autonomía y libertad, cuidado del otro, intimidad-soledad, historicidad, alegría y felicidad/dolor, tristeza; en suma, orientación a la separación, ya que la relación cordial es provisional y sólo debe mantenerse hasta alcanzar la “madurez”; de lo contrario, podría caerse en el sometimiento o la dependencia, relaciones que son la antítesis del planteamiento que desarrolla la autora. Como corolario, deseo parafrasear a la doctora Leticia Barba cuando afirma: "la separación es la culminación de toda relación educativa porque implica el reconocimiento más profundo del otro como ser autónomo e independiente" (p. 117).

 

Para citar este artículo, le recomendamos el siguiente formato:

Morán, P. (2003). La relación pedagógica, eje para transformar la docencia [Reseña del libro: Pedagogía y relación educativa]. Revista Electrónica de Investigación Educativa, 5 (1). Consultada el día de mes de año en:
http://redie.uabc.mx/vol5no1/contenido-moran.html



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